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Posted by : Francine Bava domingo


Tendemos a no valorar las pequeñas cosas cotidianas que se nos presentan, y sólo les damos importancia cuando sentimos su ausencia. Quizás por cotidiano, jamás celebramos la salida del sol. Solo lo añoramos cuando, en nuestras vacaciones en la playa, no se hace presente por varios días.

Maldecimos la lluvia porque nos obliga al tedioso trabajo de cargar con el paraguas y desluce nuestros zapatos. Sólo le damos importancia cuando la sequía nos consume, o cuando, por unas pocas horas, falta el agua en nuestras canillas.

Esperando quizás el “gran espectáculo” nos perdemos de vivir los pequeños espectáculos que la naturaleza nos presenta día a día. Hay quienes piensan que cuanto más se sabe de fenómenos que ocurren a diario, menos se disfruta de ellos. Que el sabio disfruta menos que el neófito de los sucesos naturales. Pero no todo es así; todo lo contrario. Cuanto más se sabe, más sorprendente parece.

Cuanto más se sabe, más milagroso parece. Si no aprendemos a disfrutar de las pequeñas cosas cotidianas de la vida, que es lo que conocemos… ¿Podremos ser capaces de disfrutar plenamente cuando se nos presente algo diferente?…

Dejemos de esperar el “gran milagro”.

Gocemos a diario de los “pequeños milagros” que, día a día, se abren a nuestro paso. Después de todo… ¿No será que el gran milagro es la conjunción de todos esos más pequeños?. A lo mejor el gran milagro consiste en encontrar la felicidad en las pequeñas cosas de todos los días de nuestra vida.

…Y así en la búsqueda de nuevas oportunidades, llenos de insatisfacción muchas veces no nos damos cuenta del verdadero valor de las personas y de las cosas que pasaron por nuestro camino. Lo lamentable es que por no darnos cuenta a tiempo luego cuando las perdemos queremos volver atrás y ya es tarde muy tarde… La vida nos da todo lo necesario para que seamos felices, sólo que nos damos cuenta cuando ya no lo somos.

Es hora de darnos cuenta y de aprender a valorar en el presente todo lo que tenemos. De nada sirve llorar por lo que dejamos ir, por lo que no hicimos, por lo que no le dimos importancia: ya no está. La vida no puede rebobinarse, ni modificarse. Las escenas quedan grabadas y no hay forma de eliminar los trozos de la cinta que no nos gustan, ni podemos regrabarla, ni siquiera podemos detenerla en los buenos momentos, solo está en nosotros la posibilidad de continuar filmando y que a partir de hoy cada escena sea única e irrepetible y por encima de todo sea tan valiosa que no nos haga arrepentirnos nunca y ni siquiera sentir culpas por alguna escena del filme.

Es la película de tu vida, es tu historia y vos sos el protagonista, no la titules “Lo que el viento se llevó”, ni “Pide al tiempo que vuelva” sería lindo que tu película se llame “La historia sin fin”.




El objetivo en la vida no es tanto alcanzar las metas que nos proponemos, sino disfrutar del viaje que nos conduce a ellas.

Déjate sorprender. Fluir por la vida sin forzar la marcha, abiertos a lo imprevisible, es más enriquecedor que programar los momentos en que se supone que debemos ser felices: fines de semana, vacaciones, etc.
Sin expectativas. Es importante avanzar hacia nuestros deseos sin cargar con el peso de las expectativas.
Cultiva la paciencia. Aprende a descubrir el ritmo interior de las cosas. Sólo si eres consciente del laborioso proceso de elaboración de un buen vino o de lo que tarda un brote en convertirse en una bella flor podrás apreciar todo su valor.
Atento a los detalles. Otra buena táctica es mirarlo todo con la curiosidad de un niño. Rompe con la rutina y, cuando vayas al trabajo, por ejemplo, coge un camino diferente y distréete con todos esos detalles mínimos, maravillas intrascendentes y pequeños milagros que tiene la vida -una interesante charla con un desconocido, la variedad de colores de un jardín...-. Este ejercicio te hará descubrir la novedad y la belleza de lo cotidiano.
El valor de lo pequeño. Trata a tus cosas como pequeñas joyas. Si aplicas ese punto de vista al cuidado de tus cosas y a tus relaciones, les concederás un nuevo valor. Tal como se dice, no es más feliz quien más tiene, sino quien menos necesita. Vivir de forma sencilla implica apreciar lo que uno tiene, desear menos cosas materiales y también minimizar las obligaciones.
Positiviza. Para que las pequeñas alegrías no se te escapen, comparte con tu entorno esos momentos enriquecedores que te ha dado el día. Si ejercitas esa nueva manera de contemplar tu vida, muy pronto se convertirá en la forma natural de ver las cosas.
Disfruta de cada minuto. Céntrate en vivir el presente -el pasado pasado está y el futuro no existe- y desconfía de la felicidad a la que se ponen condiciones: "Qué bien lo pasaré cuando...", "Qué feliz sería si...".

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